A tiempo de todo

Perdió el Sporting uno de los partidos más determinantes para el ánimo de nuestra afición. Dicen algunas voces que cualquier choque contra el Oviedo, independientemente del momento en que se dé, es capaz de condicionar las sensaciones que se desprenden de una temporada completa: numéricamente, tres puntos; a nivel emocional, las consecuencias son desastrosas para el perdedor. El derbi, por encima de lo que algunos suelen replicar, nunca es un simple partido. Por eso, el resultado es un guantazo con la mano abierta para los que nos presumimos sportinguistas. En este caso, también lo es para quienes, más allá del marcador, aspiramos a ver a nuestro equipo jugar al fútbol e imponer su sello con independencia de la plaza. Entre ellos me incluyo.

La premisa de la que parto, con la que no todo aficionado comulgará, es que militar en Segunda División —y disputar un partido así de especial— no debería significar nunca renunciar a un estilo, vistoso sobre el papel, en pos del resultadismo. En la categoría de plata suelen existir equipos que refrendan en el campo las ideas estimulantes de sus entrenadores. Por citar tres ejemplos: lo hizo el Málaga y el Racing durante el curso pasado y lo repite este año el Castellón. Tres conjuntos que han llegado a altas cotas tras haber sido fieles al credo de sus preparadores y cuyo nivel económico, al menos en el caso de malacitanos y castellonenses, no es superior al del Real Sporting.

No describiré qué es jugar bien. Pero sí haré dos apuntes. Cuando Nicolás Larcamón llegó al Sporting, aventuró qué equipo quería ser: uno valiente, que dominara los partidos, jugara hacia delante y llegase con amplios efectivos a posiciones de ataque. En definitiva, un conjunto que, ahora mismo, parece estar lejos de la realidad del Sporting en cuanto al juego desplegado. El Grupo Orlegi, que funciona sin director deportivo, trajo jugadores de su gusto para cumplir con sus deseos. Diré más: desde mi punto de vista, mejoró el nivel general del equipo, por mucho daño que infligiese la salida de Dubasin.

Antes del encuentro en el Tartiere, Larcamón fue preguntado por su plan de partido. Se le cuestionó, directamente, acerca de si su planteamiento iba a ser más reactivo que propositivo ante lo que suponía jugar en campo ajeno contra el eterno rival. Ni que decir tiene que el míster negó tal cosa y volvió a remarcar su apuesta por un fútbol en consonancia con las señas de identidad que pretende para su Sporting.

Lo que se vio, en cambio, fue un equipo que cedió el centro del campo ante la superioridad del Oviedo, que cometió groseros errores a nivel individual y que acabó derrotado. El Sporting nunca fue superior. Falto de ideas, pasó sin pena ni gloria por el maltrecho césped del Tartiere. Fue incapaz de triangular con acierto o de batir líneas de presión. A cuentagotas, solo algunos jugadores dieron muestra de lo que el derbi significa para nosotros: Duñabeitia se rebeló contra un juego plomizo y atascado y quiso defender y jugar hacia delante; y Gaspar le dio otro aire a un equipo que apenas inquietó la portería rival. Fue insuficiente.

Las decisiones del entrenador tampoco causaron un efecto positivo en el Sporting. Quizás, la entrada de Nacho Martín o el desplazamiento de Otero a un costado hubiesen sido movimientos favorables de cara a igualar la balanza. Para ocasiones posteriores, quizás el rendimiento más reciente de Pablo Vázquez merezca una revisión.

La paciencia, siempre clave

Soy defensor de que los esquemas no se definen por una foto fija. Creo fielmente que al fútbol se puede jugar de manera alegre partiendo de un 5-3-2, de un 5-2-3, de un 4-2-3-1 o de un 4-4-2 y considero que la trayectoria de Nicolás Larcamón está más que probada. Pese a lo que muchos se empeñan en cacarear, su inexperiencia en España no me parece una variable definitoria, menos cuando el fútbol es un deporte global o cuando el propio entrenador manifestó desde el primer día su deseo por empaparse de las enseñanzas y los consejos de gente de la casa y de la idiosincrasia local. Pero, por encima de todo, pienso que un nuevo proyecto, el número 243876382, no se construye en unos meses. El panorama actual lleva a directivos a tomar decisiones precipitadas y, a las aficiones, a buscar culpables impulsivamente y sentenciarlos de manera atropellada.

Por el contrario, lo que sí anhelo es que mi equipo dé muestras de que, cada jornada, está un paso más cerca de lo que planea ser. Para ello, la receta pasa por elevar la autoexigencia. Corredera mencionó al acabar el partido que “el nivel que muestra el equipo no es el nivel de los jugadores”. Otero, en una ocasión anterior, mencionó, “corro mucho, pero quiero correr hacia la portería y no a lo loco”. Ambas declaraciones me parecen oportunas si se produjeran de puertas para adentro. La autocrítica, cuando es a nivel individual, entonces sí: que se airee más allá de los límites del vestuario si se desea.

Cualquier derbi deja resaca. Sobre todo, si se pierde. Eso no debería imposibilitar que los artistas analizaran sosegadamente la situación y reparasen en aquello que debería hacerse mejor. El Sporting está ante unas semanas importantísimas de cara a reforzar su proyecto y su credibilidad ante las críticas de una afición realmente exasperada, cansada de esperar. El estado de ánimo no ayuda.

Malas migas hacen el tiempo y la paciencia, que suelen discurrir en direcciones opuestas cuando los resultados son negativos. No obstante, ojalá todos acabemos reconciliados. Se verá. Algunos no tendrán más remedio que callar y otros alzarán la voz para gritar: “Te lo dije”. En cualquier caso, el reloj y, lamentablemente, el marcador, dictarán sentencia. Que sea para bien.